Vivencias – Por Cinta Aguazo Gómez

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Mes de Mayo…Acompañada por la ilusión, satisfacción y alegría de ver como el trabajo realizado en estos días en nuestra Casa Hermandad junto a nuestros hermanos, me entra la melancolía de cómo y cuándo empezó toda esta locura. Hoy me atrevo a abrir el baúl de mis recuerdos, de mi infancia y vivencia en nuestra Hermandad.

Puedo decir, que el idilio amoroso comenzó desde la cuna. Todo comenzó hace 27 primaveras. Por lo que cuenta mis padres, salí del Hospital un Viernes Dolores… ¡Qué me gusta un Viernes! Mi primera visita, ya estaba concertada. Me esperaba la Madre de Dios bajo Palio para cobijarme en sus brazos. Ahí nuestra unión ya iba a ser de por vida. No todo el mundo tiene la suerte bendita de estar en los brazos de la Señora.

Pasaron los años, y los años por mí. Junto a ello, mis días y vivencias en la Casa Hermandad iban creciendo y sumándose. Recuerdo que todos los sábados estábamos allí trabajando (siempre había algo que hacer, y si no ya buscaban algo para hacer). La ilusión y el crecer cada día como Hermandad y Cofradía del Viernes Santo iba progresando casa día más y más.

Existía mucha vida en ella (en nuestra Casa Hermandad). Muchos hermanos nos reuníamos allí…sobre todo muchos niños. Recuerdo a un grupo mayoritario de niños correteando la casa Hermandad, jugando al escondite, subiéndonos al paso (cuando nos dejaban) haciendo nuestros primeros pinitos como mayordomos. Limpiábamos enseres, íbamos al montaje de la cera y también realizábamos el traslado de los pasos a la ida y a la vuelta. Pasábamos muchísimos días y horas en la Mayor de San Pedro; incluso cenábamos en el cuarto de los bichos, llamado cariñosamente por mí a esa edad. (Hoy cuarto tapiado donde se encuentra los productos de limpieza). Todo esto, con un gran grupo de personas joven y no tan jóvenes preparando nuestro día, nuestro Viernes Santo. Aquellos años, no teníamos florista del paso de Cristo, porque nosotros éramos los floristas. Llegaba la Semana Grande, nuestra Semana Santa y junto a ella el Jueves Santo. Nos pasábamos el día entero en la Casa Hermandad, pinchando flores al pincho y quitándole el tallo a los claveles rojos que llevaba el paso del Señor. Llenábamos cubos y cubos de claveles para así poderlo trasportar mejor y llevarlo a San Pedro, donde esa madruga se cumplía nuevamente el rito. Nuestra Madre, sería la flor más bella entre todas las flores que llevaba.

 

Pasaba el Viernes Santo, y comenzaba de nuevo la cuenta atrás. Pero siempre desde la Hermandad, donde seguíamos trabajando para seguir creciendo. Y así años tras años de mi infancia hasta mi adolescencia. Cuántos recuerdos Dios mío, como dice el poema de Rubén Darío: ¡Juventud divino Tesoro!  No era consciente entonces, de lo que estaba por llegar…

Hoy puedo decir a boca llena, que desde la cuna soy del Descendimiento, que por muchas piedras que se pusieron en mi camino, he seguido siendo del Descendimiento y que seguiré ahí hasta que Dios quiera.

Hoy después de 27 primaveras, vuelvo a ilusionarme, vuelvo a sentirme feliz y vuelvo a revivir mis vivencias.  Veo cómo esos niños que éramos, estamos juntos en la adolescencia para ayudar a los mayores, donde hay nuevos hermanos jóvenes ilusionados y otros más pequeños por allí correteando y conociendo cada sitio de nuestra hermandad como hacíamos nosotros; que seguro que en un futuro no muy lejano serán quien nos sustituyan.

Os invito a todos los hermanos, a que os paséis por la hermandad el tiempo que podáis. Cualquier momento es bueno para seguir trabajando y seguir creciendo, para pasar un gran rato de convivencias, de risas, de vivencias…etc. La casa Hermandad, es la casa de todos los hermanos y de todos aquellos que quieran pasarse. El Viernes Santo, solo es un día del año, los otros 364 días seguimos trabajando, haciendo vida de hermandad y contando los días para el próximo Viernes Santo.

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